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Invitados por Monseñor Antonio Plancarte y Labastida los Misioneros Claretianos llegaron a Toluca, Estado de México, en agosto de 1884. Y con la ilusión de “encender” a todo el mundo en el fuego del amor divino recorrieron los caminos de la República Mexicana: Guanajuato, Campeche, Mérida, Jalisco, Chihuahua, Guerrero, Oaxaca y el Distrito Federal, entre otros.

 

Los Misioneros Claretianos demoraron 80 años exactos en establecer comunidad en Guadalajara. La bendita tierra del valle alto de Atemajac, conocida como “La perla de occidente” contó con una comunidad claretiana a partir de las conversaciones del entonces P. General, Álvarez Laso, con el arzobispo Don José Garibi Rivera, quien, además de ser el primer cardenal mexicano en la historia, era también conocido por su afición al fútbol y por haber nominado a Nuestra Señora de Zapopan patrona de los futbolistas.

 

Las conversaciones entre el Provincial y el Arzobispo, a comienzos de 1963, fueron para tomar conocimiento de una donación de terrenos a favor de la Congregación que quería hacer la señora María de Urrutia en el sector de la llamada Ciduad del Sol. El gobierno general aprobó el proyecto para establecer comunidad en Guadalajara, y el cardenal Garibi autorizó que el templo que se debería construir estuviera dedicado a San Antonio María Claret.

 

Para edificar el templo se necesitaba un terreno más apropiado, asunto que fue solucionado mediante otra donación, esta vez de la señora María Elena Ruiz Amezcua. El 16 de septiembre del mismo año el cardenal bendijo la primera piedra del nuevo templo en una ceremonia de alta significación.

 

Establecida la comunidad con el Pbro. Carlos Ripa, c.m.f., como primer superior y habiendo levantado ya un templo provisorio, el 4 de mayo de 1964 se dio por sentada la presencia claretiana en Guadalajara. Ocho años después, en 1972 se pudo inaugurar el nuevo Templo dedicado a San Antonio María Claret, Padre fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos).

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